¿Quieres ponerte mis zapatos?

Una de las situaciones más comunes con las que nos encontramos a diario son las críticas, las culpabilizaciones, los reproches o las opiniones destructivas acerca de qué o cómo debería haber dicho o hecho otra persona.

La cabeza suelta un discurso parecido a esto:

“Desde mi perspectiva, mi mundo, mi vida y mis experiencias, creo conocer todo lo que me rodea y sobre todo, sé lo que está bien y lo que está mal, no sólo para mí, sino para los demás también. Entonces, me creo con derecho a juzgar a otros. ¡Qué fácil es!”

Si cada vez que juzgáramos la manera de ser o de comportarse de otra persona, un súper-poder nos pusiera en su piel y comenzáramos a sentir y a saber lo que esa persona siente y sabe, quizá enmudeceríamos.

Quizá nos sorprendería reconocernos incapaces de haberlo hecho mejor.

No sabemos nada del tramo del camino que recorren los demás, de cuanto pesa su mochila, de si lleva tiempo cuesta arriba y ya le flaquean las piernas o si le aprietan los zapatos . No sabemos si necesita agua o simplemente un espacio de soledad. Si ha amanecido en su casa, si se siente libre, o si hoy va al médico a por los resultados de una prueba específica que le preocupa. No sabemos si se le ha roto el corazón y lo está recomponiendo o si tiene miedo de equivocarse en la próxima reunión.

No sabemos nada así que , observemos y practiquemos el Respeto y la Empatía.

¿No puedo dar mi opinión?

Sí, tienes derecho a dar tu opinión, pero no juzgues.

¿No puedo valorar lo que hacen o dicen otros?

Sí, valóralo todo, pero no juzgues.

¿No puedo criticar algo que no me parece correcto?

Sí, critica constructivamente, pero no juzgues.

Y es que contigo mismo tienes tarea suficiente para unos cuantos años, como para dedicar tu valioso tiempo a condenar lo que hacen los demás.

Deshacerte de tu necesidad de juzgar a otros es, probablemente, una de las prácticas más liberadoras y sanas que puedes hacer por ti y para ti. Alguna persona muy sabia dijo una vez:

Cuando señales con el dedo índice a alguien, recuerda que otros 3 dedos te apuntan a ti

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¡Quiero ser feliz!

Aquí tenéis el post en video por si hoy no tenéis tiempo de leer!

Ser feliz está muy bien, realmente bien.

Sientes una descarga en tu interior, sonríes, todo es maravilloso y crees que eres capaz de todo.

La Felicidad es ese momento estupendo en el que todos anhelamos vivir permanentemente. Ese estado orgásmico que buscamos en todo, en todos y siempre. Nuestro objetivo, nuestra meta.

Y reconozco que, a nivel social, se nos empuja a creer que alcanzaremos la felicidad infinita de una u otra manera.

Pues siento deciros que la felicidad existe, ¡claro que sí! pero de permanente tiene lo que tiene de vida una chocolatina en pleno agosto olvidada en el coche.

Pretender ser felices constantemente es tirarnos en plancha y sin paracaídas por el precipicio de la frustración.

Ala, ya lo he dicho.

Y muchísimas personas a las que les preguntas ¿Cuál es tu objetivo? Te responden convencidos: Ser Feliz.

Es como la falacia de vivir enamorados para siempre (menudo temazo también) y otras muchas cosas perennes e irreales que nada tienen que ver con la propia naturaleza cambiante del ser humano y de la vida.

Otra característica de las cosas que nos venden como brebajes de la felicidad es que sirven para todos. Pues tampoco. Lo que a mí me hace feliz a ti puede parecerte lo más aburrido, tedioso, inútil, del mundo.

Cada uno de nosotros es un ejemplar único, que se emociona con cosas diferentes y a diferentes grados. Lo que sirve para unos no sirve para todos.

Tengamos esto claro también.

Dicho esto, ¿te reconoces como un buscador incansable de la felicidad? ¿Buscas la fórmula mágica de la felicidad? ¿Qué o quien consideras que tiene el poder de hacerte feliz?

Mi propuesta:

Observaros y tratad de reconocer en vosotros mismos cuánta felicidad necesitáis para sentiros SATISFECHOS