Multipotenciales

No encuentro una vocación en la vida… ¡Tengo miles!

Conocer tu verdadero propósito, tu misión o “esa cosa” que hace que te levantes cada mañana es, probablemente, una de las cuestiones más profundas a las que tarde o temprano nos toca enfrentarnos a los seres humanos.

De hecho, existen cantidad de cursos, libros, talleres, prácticas, ejercicios y un largo etcétera de métodos para dar con nuestra brújula interna, esa que, pase lo que pase, siempre nos indicará el norte.

Photo by Valentin Antonucci

¿Qué quieres ser de mayor?

Desde pequeñxs nos preguntan acerca de qué queremos ser de mayores. Ya el hecho de colocar el verbo “ser” en lugar de “trabajar” nos indica hasta qué punto interiorizamos la necesidad de encontrar esa vocación esencial y primordial, aquello que nos identifique de tal forma que nos asegure “ser” alguien en la vida y de paso, poder dejarlo claro al resto del mundo.

Muchas personas, con esta pregunta inocente, se quedan envueltas en una madeja de interrogantes. Incapaces de elegir una única opción, buscan una respuesta que jamás encontrarán, ni de pequeñas, ni de adolescentes ni de adultas.

¿Porqué?

La respuesta la dió una espléndida mujer, Emilie Wapnick, en una TED conference hace justamente 4 años, la cual destapó una nueva caja de diversidad que muchas agradecemos y que hoy me gustaría compartir con vosotrxs.

Aquí tenéis el video de la conferencia en Youtube traducido al español.
Dura 12 minutos aprox.

Poco puedo añadir a las palabras de Emilie, más allá de mi propia experiencia.

Os animo a que detectéis cuantas personas multipotenciales y cuantas personas especialistas os rodean y a que os fijéis a partir de ahora qué conductas o actitudes animáis y cuales condenáis.

Aprendices de todo y maestras de nada, mujeres y hombres del renacimiento, culos de mal asiento…

¡El mundo interconectado nos necesita!

Photo by Pixabay
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¿Quieres ponerte mis zapatos?

Una de las situaciones más comunes con las que nos encontramos a diario son las críticas, las culpabilizaciones, los reproches o las opiniones destructivas acerca de qué o cómo debería haber dicho o hecho otra persona.

La cabeza suelta un discurso parecido a esto:

“Desde mi perspectiva, mi mundo, mi vida y mis experiencias, creo conocer todo lo que me rodea y sobre todo, sé lo que está bien y lo que está mal, no sólo para mí, sino para los demás también. Entonces, me creo con derecho a juzgar a otros. ¡Qué fácil es!”

Si cada vez que juzgáramos la manera de ser o de comportarse de otra persona, un súper-poder nos pusiera en su piel y comenzáramos a sentir y a saber lo que esa persona siente y sabe, quizá enmudeceríamos.

Quizá nos sorprendería reconocernos incapaces de haberlo hecho mejor.

No sabemos nada del tramo del camino que recorren los demás, de cuanto pesa su mochila, de si lleva tiempo cuesta arriba y ya le flaquean las piernas o si le aprietan los zapatos . No sabemos si necesita agua o simplemente un espacio de soledad. Si ha amanecido en su casa, si se siente libre, o si hoy va al médico a por los resultados de una prueba específica que le preocupa. No sabemos si se le ha roto el corazón y lo está recomponiendo o si tiene miedo de equivocarse en la próxima reunión.

No sabemos nada así que , observemos y practiquemos el Respeto y la Empatía.

¿No puedo dar mi opinión?

Sí, tienes derecho a dar tu opinión, pero no juzgues.

¿No puedo valorar lo que hacen o dicen otros?

Sí, valóralo todo, pero no juzgues.

¿No puedo criticar algo que no me parece correcto?

Sí, critica constructivamente, pero no juzgues.

Y es que contigo mismo tienes tarea suficiente para unos cuantos años, como para dedicar tu valioso tiempo a condenar lo que hacen los demás.

Deshacerte de tu necesidad de juzgar a otros es, probablemente, una de las prácticas más liberadoras y sanas que puedes hacer por ti y para ti. Alguna persona muy sabia dijo una vez:

Cuando señales con el dedo índice a alguien, recuerda que otros 3 dedos te apuntan a ti

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