El baile de las personas “tóxicas”… ¿Bailas?

Más o menos todos tenemos en la mente a una persona de nuestro entorno que podríamos considerar tóxica, ya sea porque es una quejicas constante, porque siempre está enfadada o porque tiene una actitud caprichosa, victimista, manipuladora o infantil… hay muchas clases y niveles de toxicidad en las personas.

El mensaje más extendido últimamente como remedio para afrontar esta clase de relaciones tóxicas y, por supuesto, en busca de la felicidad eterna es: “Aléjate de la gente tóxica”.

Y no vengo a deciros lo contrario, pero sí quisiera aportar algunos matices ya que, considero, que mucho antes de decidir alejarse o no de alguien, deberíamos preguntarnos para qué esa persona ha aparecido en nuestra vida.

Y es que, si nos limitamos a culpabilizar la toxicidad o incluso enfermedad del otro y salir corriendo, podemos caer en varias trampas:

  • Creer que nuestra satisfacción depende de las personas que tenemos a nuestro alrededor (Dependencia)
  • Aislarnos o perdernos completamente en la búsqueda de esa burbuja donde vivir rodeados de “gente buena” (Irrealidad)
  • Creer que nosotros no tenemos nada que ver con todo lo que nos ocurre(Irresponsabilidad)

No importa cuanto corras, lo lejos que quieras ir o lo que trates de esconderte, hasta que no aprendas la lección, la vida te repetirá el examen.

Vamos a plantearnos que nuestras relaciones con los demás, son como parejas de baile. Bailamos con amigos, parejas, compañeros, familiares,… todos somos pareja de baile de los demás en uno u otro momento.

Una pareja de baile se caracteriza, entre otras muchas cosas, por que cada uno de los miembros de la pareja tiene un papel, un rol o, al menos, unos pasos específicos y unos movimientos que complementan, encajan, con el otro miembro de la pareja, el otro papel, el otro rol.

Aquí van algunas parejas de gente tóxica:

Una persona manipuladora, bailará con alguien que se deje manipular…

Una persona narcisista, bailará con alguien que no se tenga ninguna estima a sí mismo/a…

Una persona victimista, necesita a su verdugo para acompasar el ritmo…

¿Se va entendiendo, verdad?

Si somos honestos con nosotros mismos, descubriremos que estábamos siendo la pieza de puzle perfecta que encajaba con el otro.

Alejarse de aquello que nos hace daño, que nos perjudica, que no nos hace sentir felices, es lo correcto, siempre y cuando hayamos entendido que eso es justo lo que estábamos atrayendo.

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¿Quieres ponerte mis zapatos?

Una de las situaciones más comunes con las que nos encontramos a diario son las críticas, las culpabilizaciones, los reproches o las opiniones destructivas acerca de qué o cómo debería haber dicho o hecho otra persona.

La cabeza suelta un discurso parecido a esto:

“Desde mi perspectiva, mi mundo, mi vida y mis experiencias, creo conocer todo lo que me rodea y sobre todo, sé lo que está bien y lo que está mal, no sólo para mí, sino para los demás también. Entonces, me creo con derecho a juzgar a otros. ¡Qué fácil es!”

Si cada vez que juzgáramos la manera de ser o de comportarse de otra persona, un súper-poder nos pusiera en su piel y comenzáramos a sentir y a saber lo que esa persona siente y sabe, quizá enmudeceríamos.

Quizá nos sorprendería reconocernos incapaces de haberlo hecho mejor.

No sabemos nada del tramo del camino que recorren los demás, de cuanto pesa su mochila, de si lleva tiempo cuesta arriba y ya le flaquean las piernas o si le aprietan los zapatos . No sabemos si necesita agua o simplemente un espacio de soledad. Si ha amanecido en su casa, si se siente libre, o si hoy va al médico a por los resultados de una prueba específica que le preocupa. No sabemos si se le ha roto el corazón y lo está recomponiendo o si tiene miedo de equivocarse en la próxima reunión.

No sabemos nada así que , observemos y practiquemos el Respeto y la Empatía.

¿No puedo dar mi opinión?

Sí, tienes derecho a dar tu opinión, pero no juzgues.

¿No puedo valorar lo que hacen o dicen otros?

Sí, valóralo todo, pero no juzgues.

¿No puedo criticar algo que no me parece correcto?

Sí, critica constructivamente, pero no juzgues.

Y es que contigo mismo tienes tarea suficiente para unos cuantos años, como para dedicar tu valioso tiempo a condenar lo que hacen los demás.

Deshacerte de tu necesidad de juzgar a otros es, probablemente, una de las prácticas más liberadoras y sanas que puedes hacer por ti y para ti. Alguna persona muy sabia dijo una vez:

Cuando señales con el dedo índice a alguien, recuerda que otros 3 dedos te apuntan a ti

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